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Kontxi Bilbao: sucesos del 3 de marzo de 1976
jueves, 26 junio 2008

Buenos días, señora Presidenta, señorías:

En primer lugar, Ezker Batua/Berdeak quiere dejar constancia de su agradecimiento sincero a todas aquellas personas que han testimoniado ante esta Comisión y que, por lo tanto, han posibilitado que treinta y dos años después de aquellos trágicos sucesos, la verdad resplandezca por encima de aquella oscura versión oficial incapaz de explicar cómo un grupo de funcionarios públicos puede abrir fuego real sobre una multitud sin que haya responsables, ni por arriba ni por abajo.

Nuestro agradecimiento hacia esas personas que se han prestado al esfuerzo de la memoria del dolor y, junto a nuestra gratitud hacia ellas, nuestro desprecio hacia quienes se han negado a colaborar, a comparecer o a enviar por escrito su testimonio. De todos modos, hemos de confesar que las negativas de los señores Manuel Fraga Iribarne y Rodolfo Martín Villa son tan elocuentes como el mejor de los testimonios a los que hayamos podido asistir. Porque, ciertamente, hay silencios cómplices, hay silencios cobardes, hay silencios vergonzantes y hay, sobre todo, silencios que lo dicen todo de quienes en su día ataron y bienataron versiones inverosímiles con sello oficial, que no convencieron a nadie, pero que consiguieron el propósito de dejar a los asesinos en libertad mientras derramaban sal sobre la herida abierta de los masacrados.

Hoy es el día en que podemos decir –si no con alegría, sí con satisfacción- que el pasado les ha salido al encuentro en su otoño triste de patriarcas decrépitos, que sus cadáveres les miran a los ojos para desmentir la mentira, para desvelar la verdad, para evidenciar lo evidente, para pasearse a cuerpo –y ya era hora de pasearnos a cuerpo- por una sede parlamentaria emanada de la soberanía popular.

Porque esta ponencia da la razón a los muertos,  a los heridos, a todos sus deudos, a todos quienes durante muchos años han reclamado algo tan obvio y tan humano como el derecho a la verdad, a la justicia, a la reparación.

No estamos hablando de opiniones, sino de hechos. El 3 de marzo de 1976, las dotaciones policiales enviadas a disolver una marcha obrera de reivindicación en esta misma capital, recibieron la orden política, repetimos, la orden política, de tirar a matar, de disparar a la muchedumbre sin preocuparse de nada más, sin preocuparse del precio que pagarían íntegramente los inocentes que regaron con sus sangre las libertades democráticas que hoy disfrutamos todos, incluidos esos parlamentarios del PP que 32 años después prefieren mirar para otro lado, porque la elocuencia de quienes prefirieron callar ante la comisión, les denuncia como herederos políticos de unos fantasmas que se niegan a exorcizar. Pobre viaje al centro el de quienes siguen encubriendo a la ultraderecha, el de quienes siguen sintiéndose deudores de las matanzas de Atocha, Montejurra o Gasteiz, el de quienes prefieren instrumentalizar el dolor provocado por ETA y su descarnado terrorismo para extender la sombra del encubrimiento sobre sus propias vergüenzas.

Pero miren ustedes -y que se dé por aludido quien tenga que darse por aludido-, Ezker Batua/Berdeak, es decir, nosotros, los rojos que nos sentimos herederos de las manifestaciones rojas de hace 32 años que se disolvían a tiro limpio, nos les vamos a pasar ni una, no les vamos a permitir que hoy pretendan utilizar la memoria de otros inocentes, la de las víctimas de ETA, para acusarnos de equidistancias, de inoportunidades y no sé de cuántas vilezas más. Por eso les voy a recordar que fue durante la VI legislatura de esta Cámara, es decir, hace ya diez años, cuando comenzamos a batirnos el cobre por la memoria de las víctimas del 3 de marzo. Y cuando se habla de víctimas, para nosotros son víctimas, sean de ETA o sean de quien sean; son víctimas y, por lo tanto, acreedoras de nuestra solidaridad, nuestro apoyo y, por supuesto, acreedoras de verdad y de justicia.

Se llamen como se llamen, las asesinase quien las asesinase. Que nadie se confunda, por lo tanto, que nadie venga hoy a esta Cámara a acusar a quienes pusimos los muertos en Atocha, en Montejurra o en Gasteiz y los seguimos poniendo en Irak, en Palestina o en cualquier parte del planeta donde se humille al ser humano.

Hoy sabemos la verdad. El 3 de marzo de 1976 hubo una orden política, una orden gubernativa de disparar a matar inocentes. ¿Por qué? Por la imperiosa necesidad de controlar a cualquier precio a un movimiento obrero que debía ser desactivado antes de contaminar al conjunto del Estado. Fueron, ¿recuerdan?, las víctimas colaterales de tan cívica, pacífica y ejemplar transición, si es que ustedes me permiten la amarga ironía.

Hasta aquí la verdad. A partir de aquí, señorías, la reparación. Porque hoy, como ya lo hiciéramos en el año 2001 aceptando una enmienda transaccional, seguimos siendo partidarios de que sea el Gobierno vasco quien establezca un fondo de compensación hacia los muertos y heridos en aquellos sucesos, toda vez que el ejecutivo central sigue negándose a ello, es decir, sigue sin hacer frente a lo que no es sino su propia responsabilidad, heredada directamente del Ministerio de la Gobernación del que el señor Fraga Iribarne era titular el día de autos.

Quizás después de esta intervención, alguien de entre ustedes tenga el impulso de preguntar hasta cuándo vamos a seguir con el 3 de marzo. La respuesta es fácil señorías: seguiremos en el empeño mientras el nombre de los muertos y el dolor de los heridos no figuren en el frontispicio de esta democracia.

Muchas gracias.

Tags:  3 de marzo

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